Aristóteles. POLÍTICA, Libro II, Capítulo VI

Examen de la constitución de Lacedemonia (Esparta)

Las reflexiones que hace Aristóteles sobre las causas del hundimiento del Estado Espartano tienen muchas semejanzas con lo que está ocurriendo en muchas democracias, sobre todo en las europeas y en España en particular.

Constitución en España (comentarios de Edip Rei) Constitución en Esparta (comentarios de Aristóteles)
Desde el "Decreto Boyer" de 1985, que destruyó los derechos de los inquilinos a favor de la especulación (y no a favor de la seguridad de los propietarios), los gobiernos han trabajado para crear una "clase de propietarios" que, acaparando las viviendas, ha hecho dinero fácil a costa del derecho a la vivienda (art. 47 Constitución) de los demás , especialmente de las parejas jóvenes. Otro defecto que se puede añadir a los que se acaban de señalar en la constitución de Lacedemonia, es la desproporción de las propiedades: unos poseen bienes inmensos, otros no tienen casi nada; así que el territorio está en manos de pocos. La falta, en este caso, está en la ley misma.
La falta de hombres (a causa de la falta de natalidad) causó la ruina de Esparta, sin que la incorporación de extranjeros pudiera resolver definitivamente el problema... La población autóctona española ha entrado en colapso desde el inicio de la democracia, y los poderes públicos han respondido violando el artículo 47 de la Constitución, que proclama el "derecho a una vivienda digna", ordenando legislar para impedir la especulación. Todo lo contrario de lo que se ha hecho. Los hechos mismos han demostrado bien claramente el vicio de la ley en este punto; el Estado no ha podido soportar ni un solo revés, y la falta de hombres ha causado su ruina. Se asegura que bajo los primeros reyes, para evitar este grave inconveniente que las dilatadas guerras debían producir, se dio el derecho de ciudad a extranjeros; ...

La mala división de la propiedad del territorio (vivienda) no puede subsanarse con "arreglos", "premios" ni "propinas" a cambio de hijos, pues los hijos habidos por estos premios son candidatos a ser unos desgraciados.

Desgraciados que, además, se encontrarán con el problema de no poder instalarse si no disponen de vivienda heredada... La solución es no tener hijos si no se tienen propiedades. Y tener pocos si se tienen, para que la herencia sea suficiente...
Desgraciados: ver mortalidad juvenil: Escalón jóvenes varones

Pero la misma ley relativa al número de hijos es contraria a esta mejora. El legislador, con el fin de aumentar el número de los espartanos, ha hecho cuanto puede hacerse para que los ciudadanos procreen todo lo posible. Según la ley, el padre de tres hijos está exento de hacer guardias; y el ciudadano que tiene cuatro está exento de todo impuesto. No era difícil prever que aumentando el número de los ciudadanos y subsistiendo la misma división territorial, no se hacía otra cosa que aumentar el número de desgraciados.

Evidentemente, lo que se estafa a unos, lo disfrutan otros, a menudo sin trabajar. Y los políticos son los primeros...

¡A disfrutar, chicos, que son dos días! ¡Y el Estado no va a durar siempre, pues nos lo estamos puliendo! ¡Como entonces, estamos extinguiendo a la población autóctona!
Ver:
Extinguiendo españoles

En fin, las mismas costumbres de los éforos no están en armonía con el espíritu de la constitución, porque son muy relajadas, mientras que los demás ciudadanos están sometidos a un régimen que podría tacharse más bien de excesivamente severo, y al cual los éforos no tienen el valor de someterse, y así eluden la ley entregándose en secreto a toda clase de placeres.

Aristóteles relaciona el desorbitado interés por el dinero con el desorden legal en relación con las mujeres.

Tal como ocurre entre nosotros, las mujeres no estaban sometidas a la Constitución. Nadie se atreve a mencionarles sus deberes. Ya nadie se atrevió con el Servicio Obligatorio sólo-para-varones y nadie se atreve tampoco con la Ley de "Igualdad" efectiva, que obliga a unos "cupos de mujeres" en las listas electorales y en las direcciones de las empresas, por ejemplo.

Nadie se atreva a preguntar, por ejemplo por qué no se igualan también, por ejemplo, las poblaciones penales, pues, en Europa, es 20 veces mayor la masculina. Claro que habría que encarcelar a mujeres que no han hecho "méritos" para ello. Pero tampoco en la presente ley cuentan los méritos, sino la "igualdad" según el sexo. Lo que quiere decir que no cuenta la capacidad para desempeñar el cargo, sino el sexo. ¿Por qué en las cárceles no deja de contar el delito?

El relajamiento de las leyes de Lacedemonia respecto a las mujeres es, a la vez, contrario al espíritu de la constitución y al buen orden del Estado. El hombre y la mujer, elementos ambos de la familia, forman igualmente, si puede decirse así, las dos partes del Estado; de un lado los hombres, de otro las mujeres; de suerte que, dondequiera que la constitución ha dispuesto mal lo relativo a las mujeres, es preciso decir que la mitad del Estado carece de leyes. Esto puede observarse en Esparta; el legislador, al exigir de todos los miembros de su república templanza y firmeza, lo ha conseguido gloriosamente respecto a los hombres, pero se ha malogrado por completo su intento respecto a las mujeres, que pasan la vida entregadas a todos los desarreglos y excesos del lujo. La consecuencia necesaria de esto es que bajo semejante régimen, el dinero debe ser muy estimado, sobre todo cuando los hombres se sienten inclinados a dejarse dominar por las mujeres, tendencia habitual en las razas enérgicas y guerreras. Exceptúo, sin embargo, a los celtas y...
La audacia de las mujeres en las denuncias falsas contra sus parejas masculinas también está ligada a su impunidad. No es bueno para la sociedad que unos individuos hagan fortuna a costa de la indefensión de otros, sean mujeres, sean políticos, sean especuladores. Teniendo una audacia que es completamente inútil en las circunstancias ordinarias de la vida y sólo buena en la guerra, las lacedemonias no han sido menos perjudiciales a sus maridos cuando han llegado los momentos de peligro. La invasión tebana lo ha demostrado bien. Inútiles como siempre, causaron ellas más desórdenes en la ciudad que los enemigos mismos.

Por lo menos Licurgo, el gran legislador, intentó que las mujeres entraran en la ley. En España, casi ni se ha intentado.

Esta afirmación de Aristóteles pone en evidencia que el poder de las mujeres a menudo ha estado muy lejos de ser nulo. Como decía la feminista Concepción Arenal, a menos que neguemos descaradamente la verdad, debemos aceptar que las mujeres tienen una gran influencia social, pero están desprovistas de virtudes sociales.
Ahora, también los hombres están desprovistos de virtudes sociales.

Causas hubo para que en Lacedemonia se desatendiese desde el principio la educación de las mujeres. Los hombres, ocupados por mucho tiempo en expediciones exteriores durante las guerras contra la Argólide y más tarde contra la Arcadia y la Mesenia, y educados en la vida de los campos, escuela de tantas virtudes, fueron después de la paz materia a propósito para la reforma del legislador. En cuanto a las mujeres, Licurgo, después de haber intentado, según se dice, someterlas a las leyes, se vio obligado a ceder ante su resistencia y abandonar los proyectos que tenía.

El machismo obliga a los hombres a "ser valientes" y a no llorar, a no quejarse. Tanto en Esparta como ahora en España esto se traduce en RESIGNARSE a someterse a unas claras injusticias sin tener opción de denunciarlo.
El resultado es que al hombre sólo le cabe la opción de triunfar sin quejarse, sea como sea, aún a costa de hundir a los demás hombres (que no pueden quejarse) y al Estado mismo. Por lo tanto, se aprecia sólo el triunfo de los hombres, pero no su nobleza, amor a la verdad, responsabilidad social, que no sólo no se aprecian, sino que ni siquiera se toleran.

Se establece una lucha de "todos contra todos" en la que ningún hombre se atreve a decir la verdad, pues sabe que no le dejarían, y esta lucha OCULTA de todos contra todos, en la que no se respetan leyes ni derechos, acaba por desgastar y destruir el Estado. http://edipo.info/mapatem.htm

Una falta no menos grave es que, reconociendo que las conquistas deben ser el premio de la virtud y no de la cobardía, idea ciertamente muy justa, los espartanos han llegado a considerar a aquéllas como cosa superior a la virtud misma, lo cual es mucho menos laudable.

(Aunque Aristóteles no lo menciona, la vida de los varones espartanos (de los que no participaban en el poder) era muy dura: sacrificados ejercicios militares, no podían abrigarse ni usar el dinero, etc.. Insuficientemente alimentados, se veían obligados a robar para subsistir, etc.)

La diferencia con España es que en España no se les exige directamente a los varones esfuerzo guerrero y vida dura, sino que se les DEGRADA violando sus derechos y educándolos en la convicción de que son indignos de ellos y que no los merecen, por lo que también nuestros dirigentes tienen por mérito olvidarlos o violarlos.