Muertes espectáculo

No es raro que la muerte de seres humanos sea un espectáculo para la diversión de otros. En la época del Imperio Romano, el público ya no quería tragedias griegas como antes, sino que prefería el espectáculo más primitivo del circo, con luchas entre gladiadores, con fieras, o hasta el martirio de cristianos.

Modernamente, la violencia también es espectáculo en las películas, aunque estas muertes no son reales.

Sin embargo, Napoleón Bonaparte nos descubre voluntariamente un caso de muertes espectáculo que normalmente hubiera quedado escondido. Se trata de una singular confesión de cuando era muy joven y ligó con la mujer de un representante en misión cerca del ejército. Lo cuenta De Las Cases, en el Memorial de Santa Elena. En él, cuenta Napoleón:

"Era yo muy joven entonces, y me sentía feliz y orgulloso de mi pequeño éxito; y, así, procuraba alimentarlo con todos los recursos a mi alcance.

Vais a ver cuál puede ser el abuso de autoridad, de qué puede depender el destino de los hombres; porque en realidad yo no soy peor que otro.

Paseándola cierto día entre nuestras posiciones, el los alrededores del collado de Tende, mientras efectuaba su reconocimiento como jefe de artillería, ocurrióseme repentinamente la idea de ofrecerle una pequeña guerra y ordené un ataque en las avanzadillas.

Salimos, sin duda, victoriosos, pero, evidentemente, ello no podía conducir a resultado alguno, por cuanto el ataque era una simple fantasía; a pesar de todo, varios hombres quedaron allí. Luego, me lo he reprochado a fondo cuantas veces el recuerdo de ello ha vuelto a mi espíritu."

Vemos aquí que Napoleón confiesa que montó una "guerra de fantasía" que implicó la muerte de varios hombres. Unas muertes indeterminadas, pero perfectamente previsibles, que no podemos considerar accidentales, pues en las batallas suelen morir algunos participantes.

No parece que Napoleón nos explique esta faena suya sólo para descargar su conciencia, pues nos dice que él "no es peor que otro" y que nos quiere enseñar de qué puede depender el destino de los hombres.

Es lógico que los hombres monten espectáculos para divertir a las mujeres. La guerra de fantasía de Napoleón es comparable con las celebraciones de los asesinatos de militares y policías de parte de jóvenes profesores universitarios y otros jóvenes "liberados".

Es fácil pensar que también ellos montaban estos espectáculos de las celebraciones para divertir a sus también jóvenes compañeras.Las respuestas que ellas daban a los intentos de hacerlas reflexionar sobre estas ideas "neoprimitivas" confirman esta hipótesis: ellas decían que, cuando hablaban con alguien, lo hacían por placer, y que si lo que ellas creían no era cierto, pero las hacía felices, preferían no saber que no era cierto. Que si llegaba un día en el que sus ideas ya no las hacían felices, entonces ya las cambiarían.

Estas respuestas coinciden con las que dan algunas mujeres que están o han estado en sectas cerradas: están en la secta o estuvieron en ella mientras lo que en ellas se creía las hacía felices. Cuando ya no se lo pueden creer o ya no las hace felices, se van de la secta.

Esta actitud pone en evidencia que no tienen en su educación el valor de la responsabilidad política ni social. Si las hace felices, por ejemplo, creer que es una aberración que haya policías y militares, pues así se divierten celebrando con sus compañeros los asesinatos de estos profesionales, ellas no sienten ningún escrúpulo ni ninguan responsabilidad por ello, ni siquiera si alguien quiere decirles que están equivocadas: si lo están, no quieren saberlo, pues lo único que les interesa es su felicidad, su placer, por lo que no quieren bajarse de su fantasía.

Esta actitud se insinúa incluso en el libro de la feminista Montserrat Roig titulado "Dime que me amas aunque sea mentira", en el que empieza diciendo que, llegada a una cierta edad, cuando empieza a dejar de ser mirada (pues estaba muy bien), es cuando empieza ella a mirar el mundo." La "mirada" de los hombres, sus atenciones y sus invitaciones al placer (la droga entró en mi vida por vía masculina, dice), hacen que ella no se fije en el mundo, pues vive en el mundo de fantasía que los hombres construyen para ella.

Mucho más clara es la intelectual feminista Marilyn French en su libro "Lavabos de mujeres" o "Mujeres", cuya protagonista presenta el prototipo de mujer, de la que dice la autora: "Vive en un mundo de hadas, y en un mundo de hadas la verdad no tiene ningún valor. Lo único que tiene valor es la belleza." La protagonista cree en sus ingénuas pero equivocadas ideas y cuando, por la edad, deja de ser mirada, deja de tener interés para los hombres, siente que no es nada y se esconde en los lavabos de mujeres. Su mundo de hadas era interesante mientras era el centro de atracción de los hombres, atracción que les había hecho crear a ellos este ficticio mundo de hadas para la felicidad de ella. Pero desaparecido el interés sexual que despertaba, ese mundo de hadas había quedado vacío, fuera de su realidad social.

Creer en unas falsedades puede hacernos felices mientras duran las circunstancias que mantienen vivas y operativas estas falsedades. Pero desaparecidas estas circunstancias y aparecidas otras, estas fantasías pueden ser un gran inconveniente. Por ejemplo, nos pueden impedir conocer y valorar a las personas y ponernos en el lugar de otros, lo que incluso nos puede impedir ser justos y educar a nuestros hijos. No es extraño que esta generación que inventó estas fantasías sufra ahora agresiones de parte de sus hijos, ni que éstos tengan tan alta mortalidad, tantas adicciones patológicas y tantos problemas.

Pero, aparte de los problemas que sufren luego quienes se divierten con estas fantasías, hay otras víctimas del espectáculo, como ocurrió en el caso de la fantasía de Napoleón, pues estas fantasías se viven a costa de muchos otros que, como aquellos soldados, son ajenos a ellas. Por ejemplo, lo son muchos profesionales, que ven obstaculizados sus servicios. Y también aquellos que padecen la deficiencia de estos servicios, como son los casos de policías y profesores: los ataques que sufren repercuten en el fracaso de la educación y de la seguridad. Ver "Utopías y profesionales": (1), (2) y corolario (en .pdf)

Fijémonos que las profesiones de militares y policías eran en principio casi exclusivamente masculinas. Este hecho fue fundamental para que fueran atacadas y consideradas inútiles, pues era un principio de la idea general de que sólo lo que hacen las mujeres específicamente es útil, necesario y sacrificado, mientras que lo que hacen los hombres en exclusiva es puro vicio, brutalidad y machismo y, sobre todo, ansia de abuso y poder .

De ahí que la "igualdad" signifique que los varones deben aprender de las mujeres y asumir sus obligaciones tradicionales, como las tareas de la casa y la crianza de los hijos. En cambio, las mujeres no deben aprender nada de los hombre, ni asumir sus obligaciones tradicionales, como son las de defensa. 24 constitucionales años (1978-2002) de "Servicio Obligatorio sólo-para-varones" son testimonio de esta dicotomía. La mujeres podían ser militares profesionales cobrando, pues son tan capaces o más que los hombres para ello, pero sólo los hombres tenían la obligación de hacer de soldado gratis, a consecuencia de sus deberes con Defensa sólo por el hecho de ser varones, sin que se hiciera efectiva la prohibición de toda discriminación por razón de sexo que la Constitución proclama.

Las mujeres militares son como los hombres cocineros que siempre han existido: contraen unas obligaciones con la cocina como consecuencia de una elección profesional voluntaria, y no se ven forzados a ellas por el hecho de ser hombres, como sucedía antes con las mujeres: aquello era una discriminación por razón de sexo.

Sin embargo, no se ha tenido en cuenta la discriminación por razón de sexo de los varones en relación a sus obligaciones con Defensa porque estas obligaciones, en la fantasía neoprimitiva, no se consideraban tales, sino una manifestación más del abuso y prepotencia masculinos. Por lo tanto, hacer la mili era más una vergüenza que una discriminación, por lo que no era denunciada como tal.